martes, 18 de agosto de 2015

CON MANUEL YÁNEZ / José Luis Cestari





Calle Concordia cruce con Constitución…como la canción “Rincones compartidos” de nuestro amigo Cigilberto Ramírez.  Allí pude haberme encontrado con Manuel Yánez.  Vestía él una franela blanca y unos pantalones cortos…gastadas alpargatas.   Su voz entrecortada –que a veces deslizaba los sonidos a gran velocidad- pronunció mi nombre con una sonoridad de siglos de conocerlo.  Yo andaba ese día despreocupado, buscando recuperarme en el casco histórico del cansancio que produce el trabajo médico, y encontrarme con Manuel así como así, sin banderas ni trompetillas, llenos los dos de los sucedáneos de la vida angostureña, fué un regalo de Dios. Porque Manuel llevaba en sus manos la mejor tarjeta de presentación:  un cuatro. ..se veía con mucho uso, con su madera escarapelada sobre todo en el área donde la mano rasga las cuerdas…pero lo abrazaba con amor, como quien abraza a un bebé.  Casi me daba la impresión de que lo iba a mecer en sus brazos, cantándole una de sus muchas hermosas composiciones.
Nunca nos dimos la mano.  Los poetas y músicos de Ciudad Bolívar preferimos pecho a pecho, corazón a corazón, en un abrazo fraterno.  -“Mi…mira, José Luis…e..e…este es Manuelito, mi hijo.”  -Un flaquito trigueño de pocos años me miró con sus ojos marrones que brillaban inocentes bajo la visera de una simpática gorrita azul indefinido…o gris azulosa. Cualquier color es bueno para un niño de alma multicolor, que mira lejos y alto…como su padre.
Bajamos cerro azul por la calle Carabobo.  La antigua casa de los Gamboa me recordó a esos grandes amigos.  Hernán, Pablito, Carmito y Noel jamás se van de mis recuerdos.  El viejo Carmito aún se sienta en la misma silla con su mandolina, en ese salón impecable de mi memoria.   Bajando un poco más deslizamos el alma frente a la casa de doña Aura Andrade –ya hace tiempo desaparecida del plano terrenal- y “más abajito”, la casa de don Alejandro Vargas, el Juglar del Orinoco…aún recuerdo sus alpargatas, su sombrero y su guitarra entrando por la nave central de mi casa materna del Paseo Heres, y su cariñoso “Buen día, doña Julieta”. Honrados todos nosotros con su luminosa visita. 
Cuando llegamos a la esquina de la sastrería, Manuel se detuvo y me dijo:  “O…o…oye e…esta canción, José Luis…yo se la dí a Humbertico (-Mi hermano) para que la cantara…pero vamos hasta la plaza, yo te la voy a enseñar para que la cantes tú también”.   Y allí, en esa esquina, Manuel Yánez me cantó la primera estrofa de “Viajera del río”, con su cuatro y su voz.   Como una quinta cuerda de su anciano instrumento, mi alma se quedó tensada y vibrante…él casi que me colgó de la suya y juntos cruzamos la calle rumbo a la plaza Centurión, siempre testigo de hermosas anécdotas de mi vida. Allí nos sentamos y cantamos, aquella noche enlunada e insomne de nuestra añeja ciudad.
A cuestas con “Viajera del río” anduvimos Manuel y yo por varias emisoras de radio de Ciudad Bolívar.  En aquéllos días tuve yo un programa que titulé “Orbita”, en la entonces Génesis 96.3 FM. Cada sábado pasaba buscando a Manuel y me lo llevaba a mis dos horas de programa. El, feliz. Allí cantaba, conversaba…y a veces lloraba.  Su exquisita sensibilidad poética lo bañaba en lágrimas ante su impotencia al no poder solucionar los problemas de su ciudad, de su país, de su planeta.  Respecto a “Viajera del río”, me decía: “Jo…José Luis, yo quiero que esta canción sea la bandera de Ciudad Bolívar ante el mundo.” No imaginaba nuestro amigo cómo Dios complacería ese deseo, más pronto de lo que imaginaba.
Anduve mucho con Manuel y con mi compadre Víctor Medina.  Poetas los tres, sumábamos nuestras sensibilidades hasta los límites posibles.  Sentíamos viva a la ciudad, como un ser de frente de roca y pupilas humedecidas de río que contaba historias de lejanas épocas.  Fue así cómo, sembrados en el inmenso mundo posible de las glorias de Angostura, la incipiente calva de Manuel se bautizó con agua del cono de Orión –el Orinoco- en una repitencia del ritual de compromiso espiritual con la ciudad que ya había ocurrido primero en nosotros.
Una vida plena de canciones y entrevistas viví al lado de Manuel Yánez.  Invitaciones a eventos, festivales diversos en los que ambos fuimos parte del jurado.   Honrado me sentí siempre de su ser radiante, en segura y fraterna amistad conmigo.
También fuí su médico.  Manuel estaba sufriendo del corazón.  Como homeópata y psicoterapeuta –además de su cardiólogo-me inserté en su sufrir, buscando ayudar o aliviar su condición existencial.  En verdad, no hallaba yo forma de optimizar lo que mis limitados recursos médicos podían ofrecerle.  El, consciente de ello, un día me dijo: “José Luis, no…no te…preocupes.  Yo…yo sé que me voy pronto. Me…me queda la satisfacción de haber hecho esa canción para mi ciudad, y la alegría de haber sido amigos”.  –Eso me asesinó.  Brotaban mis lágrimas unidas a las suyas, en aquella mañana en mi consultorio que jamás olvidaré.
Un día Manuel enfermó muy seriamente, situación que obligó a internarlo en el Hospital “Ruiz y Páez” de Ciudad Bolívar.  Fue mi compadre Víctor quien me avisó.  Como tenía yo mucha gripe, le pedí a mi compadre que, cuando lo visitase, le llevase mis saludos con la promesa de que, al mejorarme, le visitaría.   Pero no dio tiempo.  A los pocos días supimos de su deceso.  Qué jugada extraña del destino, que justo cuando más necesitaba él de mi compañía no pude ir a despedirlo.
Han transcurrido muchos años.  Ya su hijo Manuelito es un adulto fuerte y simpático, muy parecido a su padre.  Su propia voz, cantando la célebre canción de Manuel, es todo un poema viviente frente al Padre Río.  Pueden disfrutarlo aquí: 

Debo confesar que tengo años evitando escribir de Manuel, por lo sensible que el asunto es para mí.  Aún recuerdo la sensación de estar sentado en una helada silla de la funeraria “Virgen del Valle” –cerca de donde caminé con Manuel, y justo en la bajada aquella de la calle Carabobo- pensando en su partida, y tratando de tomar la decisión de asomarme a su féretro a al menos rezar un Padrenuestro.  Pero el húmedo dolor no me dejaba.  Preferí salirme de aquél antro de tristeza y sentarme en la plaza Miranda a pensar en la vida…en el viento…en el río…y en la flor bellísima –“Viajera del río” -detrás de la cual se acababa de ir nadando en la efluvia nuestro poeta, mi fraterno y eterno amigo Manuel Yánez.













































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