domingo, 10 de julio de 2016

MAR REMOTO 1939 / Riolama Fernández (sombrear el texto)



El se había hecho extranjero saliendo del siglo. Una tarde se escondió en el mar, que en las mañanas era un cristal debajo del cual otra vida se movía. Sólo en las tardes se observaba el movimiento. Por eso se fue una tarde.

El extranjero en un tiempo no lo fue. Había nacido en esa tierra donde el mar una vez se acostó a los pies de las montañas y donde aún permanece dormido. Cuentan que una vez se despertó y se levantó y en realidad es más alto que ellas. El extranjero nunca lo vio despierto. Vivió ante un mar engolfado y tranquilo y eso lo hizo sentirse fuera de lugar y de tiempo. Por eso se fue.

Y era una tarde cuando regresó a este siglo al pie de las montañas. Volvió como un acto indigesto del mar. Más extranjero que siempre. Sin tiempo y sin lugar. Como un ser primario de un mundo que aún no existe. Insinuándose como la imagen de algo que nunca existirá. Como un intento, prueba o desvarío de una época diluvial.

Regresó la misma tarde en que Hortensia alzó la tapa. Ella preparaba un sancocho en una moderna olla de cristalPyrex, montada sobre leños y piedras, de manera que se sentaba en la puerta de la casa a desenredar su larga cabellera y desde allí podía ver como las aletas del pescado se deshacían confundiéndose con las verduras.

Cuando el peine se le atascó en el último nudo que le faltaba por desenredar, se dio cuenta que el sancocho estuvo listo. Por un momento dudó si deshacer el nudo o desmontar la cocción. Con el peine aún colgando en sus cabellos destapó la olla. En ese instante sitió que una estruendosa carcajada se abrió bajo sus pies, haciendo que el cristal de la pyrex se levantara como una vitrina repleta de peces.   El mar había hecho ebullición, soltando sobre su recién peinada cabellera, algas y conchas de moluscos.

El extranjero vio al mar retirarse hasta los cabellos de Hortensia, pero ella sólo lo miró a él, enredado en musgo maloliente y escamas de pescado.

Hortensia, la mujer de facciones imperfectas y gesto apacible, quedó tan larga como su cabellera. Lo vio aparecer con sus cejas y barba de limo y su piel impregnada en sedimento. Esa tarde su mirada comenzó a navegar sobre mundos no construidos. Y esa tarde, las algas enredadas en sus cabellos y las conchas de caracoles que formaron una corona en su cabeza, hicieron que el extranjero quisiera quedarse un tiempo. El mar, en los cabellos de Hortensia, ya no estaba tranquilo.

Los habitantes del siglo al pie de las montañas vieron que el mar se retiró, pero nunca supieron dónde. De sus casas sólo les quedó el recuerdo de haberlas visto quebrarse como piezas de barro, y de sus ventanas sólo el sonido de las olas entrando por ellas. Nadie se enteró de la llegada del extranjero, pero a partir de ese día, como por instinto o designio natural, algunos se fueron a vivir a lo alto de las montañas. Otros, decidieron permanecer al pie, convencidos de que el mar nunca más se alteraría.

El extranjero vivió en el siglo con los ojos y la nariz en los cabellos de Hortensia, de modo que miró a los otros habitantes con los oídos y por eso inventó otra forma de expresarse, pero en ese tiempo, sólo el mar lo comprendió.

El extranjero y Hortensia se acercaban de tarde al mar y ella lanzaba sus cabellos a nadar. Con los meses la sal los volvió ásperos, perdieron movimiento y dejaron de ondular. Entonces, decidieron sepultarlos.

Hortensia mojaba sus pies mientras el extranjero cavaba en la arena un hoyo tan hondo como largos eran sus cabellos. Después Hortensia se extendió en la playa dejando su cabellera caer en lo profundo, y la brisa fue depositando lentamente la arena.

Hortensia se levantó calva a caminar en contra del viento. Poco a poco se fue volviendo pétrea. Primero su rostro, luego sus manos y pies, después el cuerpo, por último el lugar de los cabellos. Cuando el extranjero la alcanzó y la tomó por la cintura, de la cabeza petrificada nacieron dos enormes quelas cuyas tenazas de inmediato se volvieron hacia él para roerle la barba.


Después de eso, el siglo fue invadido por cangrejos. Los habitantes adoptaron una especial manera de ir hacia el mar, que se retira, no se sabe dónde.


Relato de Riolama Fernandez
Publicado en el Libro Variaciones desde el Sillón
Fondo Editorial Predios
Predios Narrativa
Agosto 2000





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