martes, 22 de noviembre de 2016

10 Años de la muerte de José Antonio Fernández


El 21 de noviembre de 2006, dejó de existir el periodista y locutor José Antonio Fernández, tras una lucha sin tregua por sobrevivir a los golpes y acechanzas del tiempo.  Desde Macapo donde nació hasta Ciudad Bolívar donde murió transcurrieron 79 años, tiempo durante el cual estudio, se formó y ejerció como locutor de Ondas Porteñas y director de Radio Bolívar, como periodista y director del diario El Bolivarense, corresponsal de El Nacional, Secretario General de la  AVP y directivo del Colegio de Periodistas y de la Asociación de Escritores, fundador de la Asociación de Coleos.  La Manga de Coleo de Soledad lleva su nombre.
            Escribió varios libros: Cacho en Manga, Hombre Vernáculo, Nicolás Felizzola Tigre de Matas Altas, La Década Sombría y “De  Cojedes a Guayana”, más voluminoso –355 páginas- que los anteriores, y tenía  que ser porque abarca cinco etapas de su vida o una vida de siete decenios, desde que nace  y ya adulto sale de Macapo, tierra feraz de la  geografía cojedeña, hasta quedar definitivamente trasplantado  en la parte  pedregosa y más angosta del Orinoco.
            El ingeniero Ennio Rodríguez, soledadense radicado en Margarita, recoge en la portada los elementos  más relevantes de los extremos geográficos de quien  emergió a la vida  entre caballos y reses y queda atrapado por la magia de un paisaje físico flotando  en la naturaleza fluvial y selvática más antigua de América.
            En esta obra,  José Antonio Fernández mantiene, sin rubor, su vocación biográficamente existencial, convencido de que cada ser como protagonista o testigo, tiene  una historia real o ilusa  que contar.  Él, como actor principal y observador que invoca la imposible ubicuidad, cuenta su propia historia y de paso la de los pueblos y los hombres  que lo vieron pasar o sintieron de alguna manera sus pasos de transeúnte afanoso  que buscaba afianzarse en algún  lugar, si no propiamente en el de la promisión bíblica, al menos, en aquel  donde el calor humano no se mendiga sino que se conquista con el candor y la calidad de la actuación.
            Porque, como lo observó  Calderón de la Barca,  “la vida es un teatro” donde cada quien desempeña, a gusto  o disgusto, un papel que bien o mal han de calificar o juzgar los demás.
            El rol de Fernández fue el de locutor y periodista, circunstancialmente  retraído en otras actividades como la del  quehacer llanero tan lleno  de reminiscencias paternas, tratando de hacerlo lo mejor posible toda vez que en ello iba implicado también el provecho de subsistencia y prevención muy legítimos, tanto  para sí como para una familia que fue creciendo en la medida del amor y del natural anhelo de perpetuación.
            No le fue fácil desempeñar este rol.  Como no lo es para un ser también viviente como el Orinoco, recoger las aguas de Venezuela desde la Parima y llevarlas hasta el mar.  En el trayecto del río, escasamente eludibles son las piedras.  A veces las aguas tienen que transformarse en raudales  enfurecidos para poder franquear las  barreras, y así  como hay piedras que decrecen de tanto rodar y rodar, hay otras que se  aglomeran y  crecen por acumulación  o telurismo orogénico hasta llegar a ser inexorables y si Fernández, en su caso particular, se encontró con alguna inconmensurable, es obvio, por lo visto, que jamás se amilanó sino que sostuvo con valor su lucha, aunque a veces haya tenido que retroceder para tomar aliento o reclamar solidaridad.
            JAF jamás aflojó, ni siquiera cuando la muerte decidió descargarle con rabia su guadaña.  Y es que mientras el músculo del cerebro permanece activo siempre habrá una brecha por donde escapar y tratar de sobrevivir, auque  sea, fuera de la cubierta de la piel, en las hojas impresas de un libro.



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