lunes, 21 de diciembre de 2009

EL RÍO ENCANTADO / José Quiaragua



Creo que Artaud afirmó que la poesía es una forma de vida. Una frase espléndida que define la tensión en que se debate el creador, en este caso, el poeta.Un estado que algunos lo perciben como de alucinación o locura. Un ámbito donde el hom­bre se enfrenta con las visiones de la realidad. En uno y otro caso hemos visto a los grandes poetas, Dante, Rimbaud, Baudelaire, quienes borraron en sus universos particulares los límites del sueño y la vigilia.Aludo aquí a lo más caro de nuestras adolescencias: la combustión del espíritu con las palabras. La enfermedad de los sentidos, esa que nace cuando el poeta se ejercita en el mirar. Resto de esa operación, yo diría mágica, es el poema. Lo que ya no nos pertenece. La huella que deja el hombre luego de incendiar grandes extensiones de selvas vírgenes.El tiempo, que desmorona los alcázares y da una ilusoria perennidad a las rosas, pule la mirada, acerca los poemas al vacío. Lo que quedará será de todos, menos del poeta, quien dejará sus pasitos de hombre.O su rostro frente al río encantado,clon de se escuchan cantos de aves, clamores de mujeres que también son las hadas. Y Ulises cruzando el mar, atado a su barca, para no enloquecer en su eterno regreso.

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