viernes, 25 de diciembre de 2009

TERESA CORASPE / El oficio de escribir duele



Cuando penetramos nuestro interior y buscamos cada vez más hondo, hasta que duela, ya lo demás se torna secundario, las personas también desaparecen y nos dejan una soledad aún mayor porque rehuyen el silencio, no les atrae el lento discurrir del tiempo en habitaciones donde sólo existen libros abiertos y sus fantasmas que se confunden con nosotros en una dolorosa complicidad y vivimos sus vidas, y lloramos sus muertes en una repetición ince¬sante de búsqueda del aliento perdido, y tratamos desesperadamente de reconstruir sus miradas, sus rostros, sus gestos; con esta terrible crisis nos enfrentamos al otro mundo: el que mis rodea y uno se pone la máscara y, sonríe;saludamos y enseñamos los dientes y los otros miran nuestra sonrisa y ven el espejismo de una felicidad, porque el oficio del escritor duele, no como creen algunos que eludimos la realidad, este es un concepto falso, el dolor proviene precisamente de lo contrario: de vivirla y profundizarla mucho más que el común de la gente.
Uno como escritor, es el gran solitario de la vida porque sentimos el entorno en toda su dimensión: el uni¬verso, la eternidad, la tierra con todas sus alegrías y miserias. Para ser un escritor hay que sentir la vida en su totalidad, no en los análisis mezquinos de lo inmediato y particular, sino con la visión de nuestro ser como punto de partida o referencia: el poeta solo y desvalido ante lo desconocido, grande y pequeño a la vez, en una dualidad que va más allá del horror, del inexorable horror de existir ante un mundo que le es cada vez más inaccesible. Y aterrorizado profundiza en el sentido o sin sentido de la vida donde a cada instante lo último prevalece. Sólo el acto doloroso ante la página inmaculada nos da fuerzas para no sucumbir, y a partir de la realidad que nos es tan difícil, crear otra con símbolos mágicos que la disfrazan: el parto de la creación, en este caso, creación poética, alma de la Literatura.
Creo en el escritor de oficio, en el que no vende su experiencia de vivir y prefiere recorrer las calles con todas sus vivencias sobre las espaldas y no mendigar ante nin¬gún Poder por dignidad. No creo en la improvisación dentro del arte, mucho menos en el literario. La sensibilidad no se compra como una bisutería cualquiera, nacemos con ella, o no. Pienso que un verdadero artista debe ser de una honestidad a toda prueba sobre su conciencia creadora y hay que saber diferenciar la gran hendidura que existe entre sensibilidad y sensiblería, término éste que ha sido causa de grandes confusiones en textos que pretenden ser poemas y no lo son, porque no transforman la realidad, no la trastocan, no crean otra a partir de ella, sino que la copian tal cual es y aquí en esta vulgar copia, jamás habrá creación literaria. Y para concluir este tema, estas palabras del maravilloso Arthur Rimbaud: "Sin embargo, hoy, creo haber terminado la narración de mi infierno. Era sin duda el infierno; el antiguo, aquel cuyas puertas abrió el hijo del hombre".

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